Alberdi en el capítulo XXXIV de “Las Bases” dedica un párrafo para criticar la necesidad de los habitantes de nuestro país por trascendencia o, como indica el brillante tucumano, “gloria”. Escribe: “La gloria es la plaga de nuestra pobre América del Sud (…). La nueva política debe tender a glorificar los triunfos industriales, a ennoblecer el trabajo, a rodear de honor las empresas de colonización, de navegación y de industria, a reemplazar (…) la vanagloria militar por el honor del trabajo, el entusiasmo guerrero por el entusiasmo industrial que distingue a los países libres de la raza inglesa, el patriotismo belicoso por el patriotismo de las empresas industriales. La guerra de la Independencia nos ha dejado la manía ridícula y aciaga del heroísmo. Aspiramos todos a ser héroes, y nadie se contenta con ser hombre. O la inmortalidad, o nada, es nuestro dilema”. La historia es una herramienta de los Estados para formar una idea uniforme de identidad que deben adoptar los ciudadanos del territorio soberano. El canal principal de transmisión de esta historia “oficial” es la curricula impuesta a todos los establecimientos educativos. Otro medio efectivo para este fin es el de incorporar personajes históricos importantes (según el criterio que necesite el Gobierno, claro está) en los billetes y monedas que circulen en el territorio. Los nuevos modelos de billetes (al margen de la furibunda inflación que genera la irresponsable emisión del gobierno) vuelven a incluir personajes de nuestra historia. La necesidad del gobierno de alejar nuestra memoria y estudio de las épocas prosperas de nuestra República lo llevó a imponer a grandes personas cuyas obras se destacaron principalmente en el ámbito militar de la Guerra de la Independencia (con excepción de Eva Duarte, cuyos comentarios me reservo). La grandeza humana de Belgrano y San Martín es indiscutible, pero volviendo con la idea de Alberdi ¿Por qué aceptamos con tanta indiferencia la omisión descarada de los civiles que realmente engrandecieron nuestra Nación? Sarmiento dedicó su vida a profesar el valor de la educación y dejó planteadas las ideas que luego Roca implementaría; Nicolás Avellaneda y su estoica y ejemplar forma de administrar el país en una época de “vacas flacas”; Roque Sáenz Peña y su firme creencia en el sufragio universal por el que tanto nos rasgamos las vestiduras; Roca, que si bien era militar, consolidó desde el Ejecutivo un modelo de Estado Nacional prospero, libre, moderno y con acceso educativo para todos; el mismo Alberdi con su brillante producción intelectual que nos legó la formidable Constitución original de 1853. Incluso saliendo del ámbito civil, los tucumanos tenemos material y próceres para cuestionar las decisiones tomadas. Evidentemente las razones discursivas atentan contra este fin, todo para primar el modelo nefasto de país y de ciudadanos que buscan imponer. Gregorio Aráoz de La Madrid (unitario), tan olvidado, peleó en todas las guerras desde la Independencia hasta la caída del tirano Rosas; Marco Avellaneda (simpatizaba con el espacio Unitario) lideró la Liga del Norte en contra de dicho tirano; Bernabé Aráoz (planteó la idea de secesión con la República de Tucumán) fue la mano derecha de Belgrano en la Batalla de Tucumán. Fuera ya de nuestra provincia, es ya casi una falta de respeto la omisión de Francisco Laprida (presidente del Congreso de Tucumán), el General José María Paz (Comandó ejércitos en la Independencia y, luego, contra Rosas), Esteban Echeverría (intelectual que combatió con la pluma la tiranía de Rosas), el General Juan Galo Lavalle (que fue parte del Ejército de los Andes y también combatió a Rosas), todos unitarios o con simpatías por el Partido Unitario. Es importante que nosotros, los habitantes de nuestra República, conozcamos bien nuestra historia para evitar caer en manipulaciones de gobiernos malintencionados. De no ser así, desembocaremos en falsedades como el Estado de estructura Federal y funcionamiento Unitario de facto, el olvido de las ideas de las grandísimas generaciones de 1837 y del 1880 o que el país empezó a ser más “justo” recién en 1945.

Víctor Yaser Morales

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